WEWEWEWE - Ya se, la cabecera esta horrible. - Esto no es un mensaje subliminal.

Hijo de la luna - Aún no se me ocurre un buen nombre

En cuando el hombre de piel canela perdió de vista el claro, bajó grácil a tierra, con la cabellera mitad plata, mitad negro azulado que parecía levitar junto con las sedas de su vestido blanco al rededor de su esbelto cuerpo, para por fin tomar a su hijo en brazos.
-Ya, ya mi pequeño. - Susurro mientras acariciaba el rostro del niño, que aun lloraba. -Tienes mis mismos ojos.- Le sonrió, pero al ver el descontento del niño, movió el brazo derecho y bajo la manga de seda apareció una cuna de plata maciza. Depositó al niño en ella y comenzó a mecerlo mientras le tarareaba una melodía tranquilizadora. Comenzaron a subir, hasta que de un momento para el otro se vieron rodeados de estrellas. Estiro el brazo izquierdo y tomó un puñado de ellas y le improvisó un móvil, que giraba incesante sobre la cuna. También llamó cometas para deslumbrarlo, estrellas fugaces con colas infinitas y brillantes, asteroides de colores distintos. El niño no paro de llorar.
Con el tiempo aprendió que se sentía mas tranquilo en el bosque, así que dejó su cuna en el claro, donde todas las noches lo vigilaba, y durante los días se lo llevaba a la bóveda celestial.

Los inviernos, veranos, primaveras y otoños pasaban indiscriminados para el. El bebe creció para convertirse en joven, sin mas compañía que su madre, las estrellas y los arboles. Su madre le enseño a leer y hablar como los humanos, le llevaba libros, le cantaba canciones, le construía castillos de estrellas que destruía al amanecer, lo llevaba a ver el mundo, desde la posición omnipresente de la luna. Sin embargo el silencio era su melodía favorita, el claro su palacio y los arboles su mas fieles compañeros.
Con el tiempo la luna fue perdiendo el interés en mimar a su hijo y empezó a dejarlo en el claro, incluso durante el día, pero sin quitarle un ojo de encima. El albino se fascino al presenciar la luz del sol, los pájaros, zorros y otros animales del bosque diurno. Se animo a explorar por cuenta propia y desde ojos mortales el mundo que lo rodeaba. Se aventuraba cada día mas, hasta que a su madre le preocupó el hecho de que un joven solo en el bosque podría ser presa fácil, tanto de animales de cuatro patas, como para los de dos. Siendo  mas peligrosos estos últimos, mas que nada por el interés que podrían despertar en el joven.
-Esa forma que llevas no es la adecuada para vivir en un bosque.- Le susurro la voz fantasmal de su madre en el cielo un día. -Puedo obsequiarte la forma que quieras. Dime hijo, que te gustaría ser? -

-Un lobo.- Le contesto después de una larga pausa. -Así podre cantarte yo a ti todas las noches.-


-Escuchaste eso?- Le susurro el hombre sentado junto a ella, tan cerca que podía olerle el aliento, acre y podrido. 
-Solo es el aullido de un lobo. - Contesto el que se hacia llamar Bler, parado un poco mas lejos con la espalda apoyada a un árbol.
-Es el albino de luna, vive por el bosque.- dijo el viejo con un brillo infantil en la mirada, sin apartarla de la chica.
-Quien mierda es el albino de luna?- Bufo el joven, y luego escupió al suelo.
-Nunca te contaron esa historia de pequeño, imbécil?, ni a ti, niña?- Contesto incrédulo el hombre mayor. -Se dice que una joven le pidió a la luna un esposo, y esta se lo dio a cambio del primer hijo que tuvieran, pero el niño nació albino y el necio de su padre mato a su madre, a la humana, no a la luna, claro. Luego abandono al niño en el bosque, que se convirtió en lobo, y todas las noches le canta a su madre.
-Te gustan los cuentos para niños, anciano?- Bler torció el gesto y soltó una silenciosa carcajada.
-Solo trato de sacar un tema de conversación, estúpido.-
-Pues la verdad es que no me importa una mierda los albinos, y no creo que puedas sacarle mucha conversación a una chica muda.- Miro con ojos acusadores a la joven, y luego volvió a escupir.
-Tal vez solo es tímida... - Empezó a decir el viejo, pero lo interrumpió un sonido entre los arboles.
La nieve de esa época amortiguaba el sonido de las pisadas, pero sus perseguidores se delataron al quebrar ramas de arboles. Se oía distante, pero seguramente no les costaría mucho llegar a ellos.
-Tenemos que movernos, arriba, viejo. Chica, ayúdame. - Bler tomo el brazo del anciano y lo alzo con brusquedad, la joven se levanto a toda prisa para ayudarlo, y haciendo el menor ruido posible continuaron con la marcha.

De una partida de aproximadamente veinte personas eran los únicos supervivientes. No sabia muy bien porque había terminado con ellos, pero allí estaba, perdida con un par de desconocidos en medio del bosque, siendo perseguida por un grupo de hombres de los que no sabia nada, y aun así se sentía en casa mas que nunca.
Desde pequeña su falta de comunicación con su familia le había jugado en contra.
-Pensé que estabas muerta cuando naciste.- Le había repetido muchas veces su madre. -Estábamos a punto de dejarte cuando vimos que respirabas.-
Vivía en un pequeño pueblo -si cabía llamarlo así-, un conjunto de chozas en medio de un bosque donde casi todo el año nevaba, donde los hombres luchaban, bebían, se acostaban y peleaban con todo lo que se moviera. Y las mujeres parían hijos, por lo que no le sorprendió que los hombres la vieran con otros ojos apenas había llegado a la edad de su primer sangre de luna.
Era la única hija entre un montón de hermanos varones, por lo que aprendió a defenderse desde muy pequeña. En su treceava primavera fue la primera vez en la que un hombre trato de llevársela, ella lo mato con su propia cuchilla antes de que pudiera echarle mano a sus prendas. El nivel de alcohol en sangre que tenia, y el hecho de que fuera uno de los hombres mas obesos del pueblo jugo a su favor. Nadie se entero que había sido ella. Lo poco preocupada que se encontraba después de haber matado a una persona fue lo que más asusto a la niña.
Y así siguió por varios años, defendiéndose sola y matando hombre tras hombre que se atrevía a intentar llevársela, hasta que en su decimosexta primavera no lo logró, y un hombre la llevo hasta otro pueblo.

De todos los que podía haber sucumbido, le alegró ver que al menos era agraciado, salvaje y bruto, como todos los hombres que había conocido, pero en algunos momentos podía ver un atisbo de ternura en sus ojos cuando la miraba. Lo mató la primer noche en la que llegaron, en cuanto cayó dormido. Esperó durante días en la choza solitaria donde la había llevado, a que algún familiar fuera a rescatarla, pero nadie llegó. Después de la siguiente nevada, en la que seguramente sus últimos rastros habían desaparecido, decidió explorar el pueblo. Era un lugar casi del doble de su pueblucho natal, pero no muy diferente. Una mujer regordeta se apiadó de ella y le ofreció una hogaza de pan duro, pero al ver como su marido la miraba, la echó a escobazos. No era precisamente una chica hermosa, era común y corriente, menuda, con piel clara y cabello castaño claro, pero sin duda lo que más llamaba la atención en ella eran sus ojos amarillos, moteados de café, brillantes.
Esa noche durmió a resguardo de un pequeño almacén, pero el fuerte olor a humo la despertó antes de que amaneciera. La mitad de las edificaciones ardían, y sus habitantes corrían despavoridos tratando de resguardar sus bienes personales, o hacerse con los de los demás. Estaba tratando de entender que era lo que pasaba cuando alguien la tomó del brazo y la llevó dentro de una choza. Había desenfundado el puñal del cinturón cuando se dio cuenta de que era la misma mujer regordeta que la había ayudado más temprano, y estaba sangrando. Ésta sin dirigirle palabra, le echó un montón de sacos a los brazos y la empujo fuera de la cabaña. Al parecer, habían matado a su esposo.
-¡Por aquí, niña!- Le grito un hombre mayor delante de ella, al acercarse se encontró con un grupo de personas con sacos y bolsos con provisiones, que se congregaban para escapar del pueblo.
Caminaron durante horas entre los arboles, ya que seguir los caminos seria demasiado arriesgado. Al parecer, los que habían atacado el pueblo tenían la misión de acabar con todos, o eso era lo que comentaban sus acompañantes. El primero en morir fue un hombre al que le habían amputado un brazo, por la perdida de sangre y el frió. Éste último se llevó a dos niños pocas horas después, luego de un par de días una infección en la heria de la mujer regordeta se la llevó a ella también, y tres días después fueron alcanzados por un par de jinetes, obligandolos a dispersarse y dejar las provisiones. Tuvieron suerte de ser el grupo al que los jinetes dieron menor importancia. Poco a poco fueron cayendo los demás, hasta que solo quedaron ella, el viejo Pet y un joven misterioso llamado Bler.

Sin embargo, y a pesar del mal genio de Bler, la chica se había encariñado con el anciano Pet, y sus múltiples intentos por hacerla hablar. Aunque sabia que no tardaría mucho en morir como los otros, el anciano tenía una pierna quebrada y había perdido mucha sangre por una herida en el brazo, durante el día no paraba de hablar incongruencias, y por la noche sollozaba entre sueños febriles. Se preguntaba porque Bler aun no los había abandonado, o matado, pero supuso que tendría alguna familiaridad con el anciano. De todas formas no podía preguntar, y no tardarían mucho en morir los tres.
-Mierda, más rápido, no tardaran mucho en encontrar nuestro rastro.-
Después de un par de horas andando, que parecieron interminables, pudieron deslumbrar una cabaña no muy lejos, con un fino hilo de humo que se alzaba de la chimenea. Amanecía cuando llegaron.


1 comentario :

  1. Oye no me puedes dejar así e__e escribe más pronto!!! amé mucho que convirtieras al hijo de la luna en un lobo~~~~ lkajfhaskdjhf

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